Había algo simbólico en que Luis Moya llegara a Uruguay un lunes por la mañana directamente desde La Coruña, después de haber compartido el fin de semana con tres campeones del mundo de rally como Stig Blomqvist, Miki Biasion y Petter Solberg en un evento en su ciudad natal. Para alguien que pasó quince años recorriendo el mundo a más de cien kilómetros por hora leyendo notas en el asiento de la derecha, cruzar el Atlántico para pasar una noche con los fanáticos del automovilismo uruguayo era casi un trámite rutinario. El martes 19 de agosto, la sala Casona Cottage del Hotel Cottage de Montevideo fue el escenario de “Una noche con Luis Moya – Mis notas del Mundial”, una nueva iniciativa de Diego Vigorito que debutó con lleno total en la sala y con la participación especial de Gustavo Trelles. La convocatoria reunió a pilotos, copilotos, técnicos, dirigentes y aficionados alrededor de uno de los personajes más carismáticos que ha dado el automovilismo mundial.
Luis Rodríguez Moya nació en A Coruña en 1960 y comenzó su carrera como copiloto en 1983, disputando el Rally Rías Baixas al lado de José Mariñas en un Renault 5 Copa. Después de varios años en el campeonato gallego y español, en 1987 llegó al equipo oficial de Renault de la mano de Guillermo Barreras, un piloto que Moya describió aquella noche con cariño y humor (“tenía un carácter insoportable en el coche, pero era y es amigo mío”) antes de recordar que fue precisamente esa ruptura la que abrió la puerta más importante de su vida.
En las navidades de 1987, mientras cenaba en un restaurante de La Coruña, recibió el llamado que lo cambiaría todo. Carlos Sainz, que buscaba copiloto después de que Antonio Boto dejara el asiento para convertirse en director deportivo de Opel, lo llamó por teléfono. La primera pregunta de Sainz fue directa: ¿hablas inglés? Moya respondió que sí gracias a que sus padres lo habían enviado a estudiar a Inglaterra a los 13 años. Desde esa noche se selló una de las duplas más legendarias de la historia del deporte motor.
Entre 1988 y 2002, Sainz y Moya disputaron 161 pruebas del Campeonato Mundial de Rally juntos. Ganaron 24 veces y conquistaron dos títulos mundiales: el primero en 1990, al volante de un Toyota Celica GT-4, en una temporada en la que Finlandia fue el hito más recordado: Sainz se convirtió en el primer piloto no escandinavo en ganar en ese rally. El segundo fue en 1992, cuando remontaron una temporada que parecía perdida con el Toyota Celica Turbo 4WD para arrebatarle el campeonato a Juha Kankkunen en el último tramo, en una de las finales más dramáticas que recuerda el WRC.
Si hay una carrera que Moya atesora por encima de todas las demás, no es Finlandia ni Monte Carlo. Es el Safari Rally de Kenia de 1992, una prueba de seis días y más de cuatro mil kilómetros que hoy ya no existe en el calendario mundial y que representaba un desafío de una naturaleza completamente diferente a cualquier otro rally.
Moya lo explicó esa noche con lujo de detalles: la estrategia de correr fuerte los primeros días para salir primero en la cuarta etapa, que atravesaba el Valle del Rift durante 170 kilómetros y donde el polvo en suspensión volvía prácticamente invisible el camino para quienes salían detrás. La apuesta funcionó. Jorge Recalde, su rival más directo en ese rally, salió tres minutos después y terminó perdiendo once minutos en ese único tramo. “Nos dijeron que había doble polvo (el nuestro y el de ellos), que iban a 30 por hora donde nosotros íbamos a 150”, recordó con evidente orgullo. La anécdota de la jirafa que golpearon entrenando en la sabana keniana (el animal se cayó sobre el coche, dobló las barras, pero se recuperó y se fue caminando elegantemente) fue recibida con carcajadas por el público.
Inevitablemente, la noche pasó por el momento que definió la imagen pública de Luis Moya para siempre. En el Rally de Gran Bretaña de 1998, Sainz y Moya lideraban cómodamente la prueba y estaban a 400 metros de la meta del último tramo cronometrado, con el campeonato del mundo prácticamente en el bolsillo ya que el principal rival, Tommi Mäkinen, ya había abandonado. Fue entonces cuando el motor se detuvo, víctima de la rotura de unas bielas que nadie había cambiado a pesar de que un ingeniero del equipo había advertido que eran inadecuadas para las condiciones de barro inglés.
La reacción de Moya quedó captada por las cámaras y se convirtió en parte del folklore del automovilismo mundial: “¡Trata de arrancarlo, Carlos, por Dios!”. La expresión, imposible de reproducir con la misma carga emocional en papel, resume en cinco palabras toda la intensidad de lo que significa pelear por un campeonato y verlo escaparse en el último instante. “No hay semana que pase que alguien no me lo recuerde”, confesó Moya con una sonrisa, y contó la anécdota de cuando estaba cambiando un neumático pinchado en el centro de La Coruña y la gente que pasaba le gritaba la frase.
Pero Moya fue claro al reencuadrar ese momento: “Nosotros no perdimos, nos ganaron. Hay una diferencia muy grande entre perder y que te ganen. Tú pierdes cuando no haces los deberes. El día que lo das todo, ese día no pierdes”. Y añadió algo que resonó en la sala: el día siguiente ya estaban probando en Suecia con unas bielas nuevas. Problema identificado, problema resuelto al cien por cien, para que no volviera a repetirse.
La charla derivó también hacia los capítulos más personales de la vida de Moya, y ninguno fue relatado con más mezcla de humor y emoción que el del 4 de enero de 2018, cuando sufrió un derrame cerebral en su casa de La Coruña. Tras una operación de urgencia que le salvó la vida (“te morías”, le dijo el médico), descubrió que tenía no uno sino cuatro aneurismas, y debió someterse a una segunda intervención nueve meses después en Barcelona.
Moya describió aquellos 16 días en el hospital con la misma actitud que lo caracterizó toda su carrera: “Tenía claro que me iba a recuperar, jamás pensé que me podría pasar nada grave”. El médico que lo operó, el neurorradiólogo Ángel Martínez Muñiz, le dijo que se estaba encariñando con él por su actitud. Desde entonces, cada 4 de enero celebra con su mujer Marta lo que llama “un segundo nacimiento”.
La presencia de Gustavo Trelles en el escenario no fue un cameo sino una parte fundamental del evento. Los dos se conocen desde 1986, cuando Trelles llegó al campeonato español con un Renault 5 GT Turbo y Moya lo identificó de inmediato como la referencia a batir. Aquella amistad recorrió décadas de pistas, hoteles, cenas compartidas y entrenamientos nocturnos. Las anécdotas que surgieron cuando los dos estuvieron juntos en el escenario, dejando en claro que detrás de los campeonatos hubo también una amistad real, construida en las mismas cunetas y paradores donde se construyen los campeones.
El evento cerró con Moya resumiendo su filosofía de vida en pocas palabras: “Todo en la vida tiene una parte positiva. Lo único que hay que hacer es querer verlo”. De alguien que vivió lo que vivió, la frase no suena a lugar común. Suena a convicción.











